Julio 27, 2011
Montaje de piezas de mobiliario y objetos, en las galerías de arquitectura y diseño.Foto: ML Figueroa 

Montaje de piezas de mobiliario y objetos, en las galerías de arquitectura y diseño.
Foto: ML Figueroa 

Lounge room de acceso a la exhibición temporal de Ron Arad, museografía creada por él mismo.Foto: ML Figueroa 

Lounge room de acceso a la exhibición temporal de Ron Arad, museografía creada por él mismo.
Foto: ML Figueroa 

Museum of Modern Art (MoMA)

New York, USA

Mami, fui al MOMA

En septiembre de 2009 tuve la suerte de pernoctar tres días en la ciudad de Nueva York. Era la primera vez que iba, pero no puedo decir que la conocí, porque estuve casi todo el tiempo metida en reuniones, es decir, en buses de traslado. De todas maneras, quedó marcada en mi mente la fuerza de esta metrópoli y también las ganas de volver un día.

Aunque no había mucho rato libre, conseguimos visitar algunos museos. Entre esos, el MOMA. Acompañada de dos colegas mujeres, una de Marruecos y la otra de Jordania, nos acercamos con emoción a este gigantesco centro de arte. Era para todas nosotras, la primera vez.

Calculé mal el tiempo para visitarlo, pero aún así pude ver cosas verdaderamente especiales - este museo exhibe mucho más que artes visuales, claro- y de una calidad museográfica superior, como por ejemplo el pabellón de diseño del siglo XX y una exposición temporal de Ron Arad. Simplemente impecables. 

Pero, voy a ser bien honesta, todavía no sé si visité un museo o un aeropuerto; un sólo inmueble o un distrito entero completamente edificado. Perdí la noción del tiempo y la realidad. Es un espacio grandioso, pero no lo que se llama “people oriented”, usando la jerga local. Tampoco los guardias. En la revisión de la entrada, un guardia alto y grande como ropero me detuvo para indicarme que pusiera la mochila hacia el frente – “mira”, digo riéndome en voz alta a mi colega Jordana “¡trabajo con museos…y se me olvida algo así!”. Entonces el guardia interrumpió sin que le preguntaran, para asegurar que yo estaba mintiendo porque de saberlo, lo hubiera hecho sola sin que me llamaran la atención.

Así partió mi vista al MOMA y desde ahí en adelante quedé un poco desorientada. No entiendo lo que pasó, pero al parecer mi encanto natural no hace efecto en los guardias de museos neoyorquinos. Tampoco la simpatía y el excelente inglés de mi amiga jordana y su cabeza tapada.

M.L. Figueroa

Abril 26, 2009
Machado de Asis recuerda su infancia rodeada de esclavitud.

Machado de Asis recuerda su infancia rodeada de esclavitud.

Palabras de luz…fragmentos literarios que se muestran de distinta manera durante la visita.
Fotos: M. L. Figueroa

Palabras de luz…fragmentos literarios que se muestran de distinta manera durante la visita.
Fotos: M. L. Figueroa

Museu da Língua Portuguesa

Ubicación: Estação da Luz, Sao Paulo


Bem vindo

El barrio del Buen Retiro se ha vuelto aún más interesante dentro del circuito museal de la ciudad de Sao Paulo, dimensión paralela y repleta de belleza de una ciudad tristemente famosa por su quehacer desmedido y la sobrepoblación. El nuevo vecino es posiblemente uno de los museos más originales que se puedan visitar en la actualidad. Apuesta por una fresca visión para abordar por fin una cuestión difícil: el mentado patrimonio inmaterial.

Instalado el año 2006 en la Estação da Luz, componente de un conjunto ferroviario que merece un comentario aparte, el Museu da Língua Portuguesa despegó con viento a favor. Luego de la reconversión del edificio, se abrieron las puertas de este espacio cultural que provoca un efecto de entusiasmo inmediato, ante la evidencia del rol gravitante que tiene el idioma en la sociedad brasilera. Aunque no es mi idioma materno, poco a poco y también por culpa de esta visita, lo descubrí como imprescindible. El museo ha sido un éxito de visitas desde su primer día y sigue en el mismo trote durante el 2008. Daban ganas de embarcarse con los muchos grupos de niños y adolescentes con cara de contentos e increíblemente entretenidos.

El concepto museográfico, original del creador Ralph Appelbaum, es una inteligente aplicación de nuevas tecnologías para la representación de asuntos tan delicados como la poesía, o la palabra como valor patrimonial, o la integración entre las lenguas amazónicas y el recién llegado idioma europeo. Una lección ilustrada de historicismo lingüístico ligado a la identidad de un país y su gente. Un intento de explicación de las raíces y costumbres, nuevas y heredadas, a través de los sentidos. Cada unidad temática del museo está desarrollada a partir de la tesis de un lingüista y esto se nota en la respuesta que las personas vamos teniendo para con esta entrega. El cincuenta por ciento de la exhibición es transitoria y cuando estuve ahí en Septiembre pasado estaba operando la monográfica sobre el escritor Machado de Asis y a una le parecía conocerlo de toda la vida.

Gran calidad artística en las producciones visuales y fílmicas, tan sensibles como escuchar el canto de Monica Salmaso en la Praça da Língua o caminar por la Grande Galeria, con sus 106 metros lineales llenos del brasil cotidiano. Luego de visitar el museo conviene pasar por una paderia y agarrar fuerzas con un café con leche, para luego atacar la primera librería que se encuentre al paso. Será necesario llevarse algo de portugués para la casa.

Por: M.L. Figueroa

Abril 17, 2009
Botellas, caramelero, peceras…

Botellas, caramelero, peceras…

Museo de El Totoral

Ubicación: El Totoral, Cordillera de la Costa


Mi primera vez

Hace años me tocó presentar una charla acerca de la museología como disciplina, para encantar a un grupo de personas –más bien ilusionarlos, porque que se trababa de trabajadores de museos con misérrimos recursos- y me encontré exponiendo audazmente sobre el asunto del coleccionismo, que es para mi gusto lo más apasionante a tratar en este campo. Para no continuar promoviendo el museo europeo como la matriz de toda intención coleccionista del ser humano, partí mi charla con un salpicón de geografía y tiempo. Me valí de la presencia ancestral de los keeping places o casas de guarda en Nueva Zelanda para presentar lo que me parece aún el impulso más noble del afán coleccionista y a la vez el más sincero: reservar un lugar para que contenga un conjunto de cosas que nos es importante hoy, lo que más nos gusta o también lo que nos guardaron quienes estuvieron justo antes. Puede ser que esta descripción venga a ser un poco tosca, pero estoy segura de que podrán imaginar las múltiples dimensiones valóricas, representativas y cósmicas que estoy descartando para simplificar y poder trasmitirles que, sencillamente, toda comunidad puede llegar a instalar algo similar. Sólo que en nuestro país se llamará museo.

Esta pasada semana tuve muchas “experiencias patrimoniales”, poniendo también a la fe a formar parte del patrimonio. Después de habernos acalorado un poco de más mirando una misa de campo, cuequera, en la Iglesia colonial de la localidad de El Totoral -prefiero la palabra pueblo, pero le tengo miedo a las sensibilidades-, pasamos a visitar el museo local como corresponde a todo turista accidental. Y ahí estaba, sucediendo sin advertencias y sin presentaciones, mi primera visita a una casa de guarda. Se podría creer que a raíz de mi trabajo con la red de museos chilenos me hubiera encontrado con una antes en la vida, pero no es así. He entrado a lindos y aguerridos pequeños museos en nuestro país, pero nunca dejó de haber un sentido de temible guión detrás de todos esos tocadiscos, reclinatorios, puntas de lanza, romanas, pañitos de crochet, fotos, conchas, monedas, clavijas, arados y jarros pato. Alguien siempre quiere explicarle a uno porqué tuvo a bien reunir un montón de objetos para presentarlos dentro de un recinto rectangular, con ventanas y puerta. A esta altura se debe saber ya que lo trascendental es lo que a uno le pasa en la puerta, de entrada y de salida.

No pregunten lo obvio, por supuesto que vale la pena. Como iba yo acompañada de gente de esos pagos no se necesitó mucha explicación. Además, para eso están los libros.

Por: M.L. Figueroa

Marzo 16, 2008
Una vista del MALBA, en primavera. Foto: M.L. Figueroa

Una vista del MALBA, en primavera.
Foto: M.L. Figueroa

MALBA, Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires

Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, Fundación Constantini
Locación: Barrio Palermo, Buenos Aires
www.malba.org.ar

Para quienes circulamos por la vida acompañados en alguna medida por el arte, sea como oficio, afición o consuelo, los museos dedicados a las artes visuales ofician, en pocas letras, como un templo. Por esto celebramos su existencia y nos mantenemos atentos a los avatares que puedan llegar a afectar la supervivencia de estos espacios sagrados, los que, a medida que ascendemos como feligreses, nos facilitan momentos de contemplación y mística.   La ciudad de Buenos Aires está poblada de espacios de artes visuales y sus museos más fuertes han sido históricamente aquellos consagrados al arte, en cualquiera de sus expresiones. En este escenario fértil pudo forjarse un proyecto único y eficiente como es el MALBA.  

La primera vez que lo visité, vague ilógicamente por las galerías, como siempre me pasa en mi primera vez con un museo de arte: ahí no hago caso de instrucciones ni mapas, todo muy poco profesional de mi parte. Pero en un momento le descubro la mano y me dejo llevar por alguna intención curatorial, en este caso, hace un par de años, ante una puesta en escena inspiradísima de la obra del cineasta brasilero Glauber Rocha, que incluía proyecciones en sala y fotografía del artista en filmación.

Desde que empecé a visitarlo, MALBA me ha hecho muy feliz y me sirve siempre como linda despedida de la ciudad de mis amores, lo dejo para el final. Son dos cosas las que más me gustan del MALBA y como no soy especialista en arte estoy contenta de poder celebrarlas sin que alguien tenga ganas de polemizar conmigo: las grandes retrospectivas y las colectivas de artistas jóvenes. Me encanta que un museo capaz de presentar una retrospectiva de gente de la talla de Xul Solar, orientándolas a un enfoque educativo, comprehensivo y reflexivo de su obra, se la juegue por  dejar entrar con potencia y profesionalismo a nuevos cuestionadores del arte y la vida. ¿Será porque se toman en serio su vocación de museo?

El MALBA tiene una tienda “design”, una librería cara y una cafetería súper chic, tampoco la entrada es muy barata. Pero da lo mismo, porque lo quien lo visita se encanta y vuelve. Lo mismo que a Buenos Aires.

 Por: M.L. Figueroa