April 17, 2009

Museo de El Totoral

Ubicación: El Totoral, Cordillera de la Costa


Mi primera vez

Hace años me tocó presentar una charla acerca de la museología como disciplina, para encantar a un grupo de personas –más bien ilusionarlos, porque que se trababa de trabajadores de museos con misérrimos recursos- y me encontré exponiendo audazmente sobre el asunto del coleccionismo, que es para mi gusto lo más apasionante a tratar en este campo. Para no continuar promoviendo el museo europeo como la matriz de toda intención coleccionista del ser humano, partí mi charla con un salpicón de geografía y tiempo. Me valí de la presencia ancestral de los keeping places o casas de guarda en Nueva Zelanda para presentar lo que me parece aún el impulso más noble del afán coleccionista y a la vez el más sincero: reservar un lugar para que contenga un conjunto de cosas que nos es importante hoy, lo que más nos gusta o también lo que nos guardaron quienes estuvieron justo antes. Puede ser que esta descripción venga a ser un poco tosca, pero estoy segura de que podrán imaginar las múltiples dimensiones valóricas, representativas y cósmicas que estoy descartando para simplificar y poder trasmitirles que, sencillamente, toda comunidad puede llegar a instalar algo similar. Sólo que en nuestro país se llamará museo.

Esta pasada semana tuve muchas “experiencias patrimoniales”, poniendo también a la fe a formar parte del patrimonio. Después de habernos acalorado un poco de más mirando una misa de campo, cuequera, en la Iglesia colonial de la localidad de El Totoral -prefiero la palabra pueblo, pero le tengo miedo a las sensibilidades-, pasamos a visitar el museo local como corresponde a todo turista accidental. Y ahí estaba, sucediendo sin advertencias y sin presentaciones, mi primera visita a una casa de guarda. Se podría creer que a raíz de mi trabajo con la red de museos chilenos me hubiera encontrado con una antes en la vida, pero no es así. He entrado a lindos y aguerridos pequeños museos en nuestro país, pero nunca dejó de haber un sentido de temible guión detrás de todos esos tocadiscos, reclinatorios, puntas de lanza, romanas, pañitos de crochet, fotos, conchas, monedas, clavijas, arados y jarros pato. Alguien siempre quiere explicarle a uno porqué tuvo a bien reunir un montón de objetos para presentarlos dentro de un recinto rectangular, con ventanas y puerta. A esta altura se debe saber ya que lo trascendental es lo que a uno le pasa en la puerta, de entrada y de salida.

No pregunten lo obvio, por supuesto que vale la pena. Como iba yo acompañada de gente de esos pagos no se necesitó mucha explicación. Además, para eso están los libros.

Por: M.L. Figueroa